El water-closet
09/07/2010
Esto es como ir al baño en público.
Comencé intentando escribir en tercera persona, narrador(a) omnisciente(¿a?), sobre alguna mujercita con iniciales idénticas a las mías, hablando sobre su ritual matutino de desayunar café y manzanas y sobre lo que pensaba del culo de los hombres mientras viajaba en subte. Más o menos lo mismo que esto, pero intentando patéticamente agregarle suspenso o diversión. Luego, la misma chica, pero exponiendo sus pensamientos acerca de la muerte y la finitud, cosas que –estoy segura- no son nuevas en la literatura de hoy. Y no es que me obsesione con escribir algo “nuevo”, es que simplemente estoy cansada, yo misma, de leer sobre las mismas cosas todo el tiempo. Lo único que me entretiene de verdad es la literatura científica o, en su defecto, antropológica (encuesta: ¿es o no ciencia la antropología?). Así que CTRL+SHIFT+FLECHITA PARA ARRIBA y luego DELETE (esas maravillas de la hibridación lingüística contemporánea…), y a empezar todo de nuevo.
La historia de mi vida.
Sólo que en mi vida no puedo borrar lo que ya hice, por supuesto… Por lo que me limitaré a contarlo, a nadie en particular, claro, sólo con la esperanza de elaborar ciertas cosas y seguir más liviana. Debo decir que me preocupa estar alivianando el equipaje inútilmente, y que hoy mismo, cuando vaya a caminar sin rumbo por Palermo, Recoleta o donde sea, se desplome un balcón sobre mi ser o doble un Gol rojo a toda velocidad en la esquina donde esté cruzando y sea pronto una muerta livianita de conciencia. De hecho, la muerte es algo que me angustia bastante “hoy por hoy” (nunca supe qué mierda significa esa expresión, ¿hoy cuadrado?). Creo que todo empezó el año pasado, cuando vi un perro decapitado en el medio de la calle, por Abasto, una noche oscura (muy oscura ante la falta de alumbrado público ahí por Humahuaca y no sé qué otra) y fría (ponele agosto). Me quedé mirando el bulto negro y despatarrado y esa carne roja que asomaba desde lo que alguna vez fue el cogote del animal, su cabeza tres metros más allá. Olvidé inmediatamente las ganas de comer empanadas y empecé a llamar a las chicas con las que iba a encontrarme para buscar otro punto de reunión que no fuera la escena del crimen. Durante algunas semanas no pude comer carne.
La sensación volvió una mañana en la oficina. Unos lamentos escalofriantes vinieron desde los boxes por donde andaba el dueño de la empresa, y al segundo oí pasos, saltos, en la escalera. Pensé que alguien se había matado en ellas. Salieron todos de sus nichos y me enteré: el padre del dueño acababa de morir. M-U-E-R-T-E. Cada letra tomó de rehén a cada una de mis neuronas y, con lágrimas en los ojos y conmocionadísima, llamé a mi jefe directo (que no estaba en la empresa) al celular para comunicarle la mala nueva.
Diez minutos después, el ánimo de la oficina había cambiado completamente. Todos reían y se hacían chistes. “¿Qué pasó?”, fue lo que pude preguntar, poniendo en mis ojos y el frunce de mi frente (como me es habitual) toda la expresividad de mi “¿¡Pero se puede saber qué mierrrrda pasó?!”, que era lo que realmente estaba diciendo.
“Al final no se murió. La madre de Claudio vio que el viejo estaba tirado en el piso y pensó que se había matado, así que llamó y dijo que se había muerto; y cuando Claudio iba en el auto hacia su casa y llamó por teléfono, llorando, lo atendió el padre, que estaba perfectamente bien. Se había caído de la escalera, mientras arreglaba no sé qué. Es para matarla a la vieja”.
Nada menos que una falsa alarma.
Me gustaría que midiesen la dimensión de todo el hecho; imagínense lo siguiente: los llama alguien (uno de sus padres, si viven, un hermano, un tío, un vecino), y les avisa que uno de sus padres (si viven) acaba de morir. El progenitor en cuestión está hace tiempo enfermo del corazón, o del páncreas, o de la cabeza, y su muerte es algo que se espera tarde o temprano. Tiene unos cuántos años y se ha venido a menos en los últimos. Comienzan a pensar en todo lo que no le dijeron, a arrepentirse de cada vez que lo ignoraron o lo trataron mal, a recordar la última vez que lo abrazaron, a pensar que nunca más van a poder hacerlo y sentir calor del otro lado. “¡No puede ser! ¡¡Viejo!!”. A los quince minutos, su voz los atiende en el teléfono, casi risueña, y les dice que se equivocaron, que nada pasó, que sólo fue una caída tonta, y que pueden juntarse a almorzar.
Midan ESO.
TU PAPÁ SE MURIÓ Y RESUCITÓ.
Es la oportunidad más maravillosa que puede darte la vida.
Bueno, desde entonces no dejo de pensar un solo día en la muerte. En que Dios no existe, en que luego de morir distintos organismos comienzan a aparecer en lo que queda de nosotros para hacerse cargo de la limpieza. Nada se pierde, todo se transforma. En nuestro caso, en dípteros y coleópteros, al menos al principio.
Desde entonces, cada día, cuando despierto, más allá de las ganas de seguir durmiendo (al fin y al cabo, eso también es vida), agradezco a quién sabe quién o qué que sigo viva, que todavía no me morí, que tengo otra oportunidad para mandarme las mismas cagadas de siempre, para arrepentirme, para tratar de solucionar lo solucionable, para dejar de preocuparme de más por el precio del Casancrem o que tenga que tirar tres veces la cadena de ese inodoro inútil, dejar de pensar en los compañeros de facultad que me caen mal, el profesor garca resentido que me humilla en clase, los automovilistas idiotas que me tiran el auto encima, Cristina Fernández de Kirchner y su estúpida soberbia, la corrupción del gremio camionero, la gente que escucha cumbia con parlantes en el colectivo y tantas otras cosas. Cada una de las cosas que me rompe las bolas en esta vida, es tan solo un recordatorio más de que sigo viva. Todavía tengo una oportunidad.
Y la excitación de haber ido comprendiendo la vastedad de la situación me llevó en el último tiempo a tomar un par de decisiones antes impensables para mí. No se considerarían algo dramático bajo la mirada de cualquiera de ustedes, seres humanos anónimos que leen esto (¿llegaron a este punto de la lectura? Asombroso). Pero son cosas muy importantes para mí, como dejar a un novio después de seis años de relación, simplemente porque sentía que no estaba creciendo, y yo quiero vivir la vida al máximo. Decirle a otra persona (yo, mujer, uber tímida e introvertida) que me pasaron cosas con ella (bueno, él) y que habría deseado que nos hubiésemos animado a más en el momento justo, porque me encanta su forma de ser. Jugarme por mí, por mis sentimientos, mis convicciones, e intentar quedar bien primero que todo conmigo misma.
¿Alguna vez sintieron algo parecido?
Después de todo eso puedo volver a enojarme diariamente con cada “cantante” de reggaetón, con la burocracia de la UBA, el chofer del 50 o quien o que se me dé la gana, pero voy a estar viviendo la calentura con todo mi ser. ¡Es increíble!
Fuck it, este fin de semana me drogo.