Lautaro
Impotencia y culpa. Necesidad de cambiar las cosas y no saber cómo empezar a actuar. Miedo a la indiferencia ajena. No saber cómo hablar de temas realmente importantes y urgentes.
Voy dejando que las ideas surjan lentamente y sin apuro, pero la frialdad de un texto plano y un teclado ruidoso no transcriben ese esfuerzo por expresar lo dolorosamente cotidiano, la violencia injusta -pero con motivo, la inmutabilidad de un sufrimiento instalado hace tiempo y el mutismo de quienes lo presencian. Caigo en clichés odiosos y cansadores, pero ante la pena infantil y el grito de ayuda desesperado salido de un joven pecho herido recuerdo cuántas veces leí, oí esos mismos clichés salidos de la sinceridad de un alma cobarde y sin memoria. Es éste un lamento, más que por aquel sufrir puro y expresado, por la omisión necia y consciente de quien ve agonizar futuros y observa cómo una máquina mortífera, voraz, aterradora termina con corazoncitos trémulos y no deseados, sin reacción, sin queja persistente o enfrentamiento alguno.
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Acto I
Dos hermanos en un parque conversan. Comienzan a sentir sollozos y alguien que vocifera. Una madre golpea a su hijo, de unos tres o cuatro años, y lo llama de las peores formas por haberle roto un frasco de perfume. El niño llora con fuerza pero no habla. La gente comienza a detener su marcha para observar la situación con más atención.
La madre continúa, impasible, y afila los adjetivos que le lanza al niño; éste no comprende de inmediato su significado atroz, pero en el fondo siente el peso de las palabras y su sentido exacto. La gente comienza a inquietarse y no sabe cómo actuar. La madre es una joven delgada y de gesto severo y desafiante, que acusa a la criatura de avergonzarla y amenaza con dejarlo sin piezas dentarias de un golpe si… si… si vuelve a cometer semejante impertinencia.
El pequeño se distrae por un instante y persigue una paloma; “¡Lautaro! Vení para acá…”. Los insultos y los golpes siguen y Lautaro vuelve a llorar. Nadie se mueve, todos observan. Hasta que aquella lengua bífida profiere la palabra indicada (irreproducible), y se supera el límite de lo tolerable.
La hermana se levanta de su sitio y se acerca, temblorosa e indignada, a la mujer:
-¡¿A vos te parece tratar a tu hijo así?!
-Ehhh, mirá, yo trato a mi hijo como quiero y sé muy bien por qué lo hago así, no me rompan las pelotas, ¿sí?
Lautaro mira a la intrusa y ésta quiere huir con el niño. Ella decide regresar a su lugar, por temor, y el espectáculo continúa durante unos momentos más. El hermano sale en busca de un oficial de policía, y no lo encuentra.
Acto II
Los hermanos averiguan dónde encontrar policías y se dirigen a la comisaría cercana, mientras la mujer y su hijo permanecen en el parque, ajenos a sus intenciones. Al llegar, comunican lo que acaban de presenciar a dos oficiales (mujeres) que charlan en la puerta del edificio. Con la mayor de las indiferencias, éstas les indican que deben dirigirse a alguien (quien sea) en el interior del lugar.
-Hola. Venimos del parque, donde hay una mujer insultando y golpeando a su hijo, que no tendrá más de cuatro años, y la gente ya no sabe qué hacer. ¿Puede alguien acercarse para controlar esa situación?
Respuesta de la encargada de la comisaría en ese momento: “Nos va a decir que ella es la madre”.
Retruco de la -para esos momentos- hastiada hermana: “¡¡Es maltrato infantil!!”.
La oficial pide que la esperen y se retira. Vuelve al minuto con una hoja de papel -de ésas con alguna impresión fallida en una de sus caras- y toma nota, con un lápiz, de las características de la mujer y de Lautaro. Promete enviar “un móvil” hacia el lugar; los hermanos agradecen la atención y abandonan la comisaría. Desesperanzados, y doblemente desilusionados al comprobar que nadie se acerca ya para ver qué está pasando, y al encontrar un coche patrullero vacío estacionado en el lugar mismo de los hechos, como si se tratara de una burla cruel.
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Lautaro y su madre se van, pasan junto a los hermanos, que observan desde una esquina, y se pierden entre la gente.
Lautaro, como se pudo deducir de las palabras (se dijo, irreproducibles) de la infame, es abusado por su padre y duramente golpeado por ambos.
La vida de Lautaro, en diez o quince años, será (más) despreciada y considerada una carga sin sentido por alguien que padecerá las consecuencias de la violencia con la que hoy convive.
A Lautaro nunca se lo quiso, ni se lo querrá. Luego de haber nacido para ser castigado y privado de cariño, la puesta en práctica de sus experiencias le acarreará odio y asco de desconocidos y lástima de trabajadores sociales y alguna que otra madre del dolor.
Y ese día, la hermana no defendió a Lautaro.
Por miedo.